Es tal vez la
tierra más pródiga del planeta, que ostenta además
la característica de una planicie casi absoluta.
Pocas regiones tienen
una superficie tan plana, tan perfecta y con la inmejorable esencia
de un suelo “donde todo lo
que tenga raíces crece”.
Planicie sin árboles, porque originalmente este territorio
argentino no tuvo más que vegetación
herbácea, compuesta por pasturas tiernas que dieron
de comer a millones de cabezas de ganado a lo largo de su azarosa
vida. Los pocos árboles que aparecen en ella han sido introducidos
por el hombre.
Sobre un basamento rocoso cristalino
se instalaron por millones de años sedimentos
modernos, arrastrados por los distintos tipos de erosión
que presenta el planeta, cubriendo las zonas más deprimidas
hasta casi emparejarlas.
Sólo tres sistemas orográficos
de poca altura la serpentean, son ellos Tandilla
y Ventania en la provincia de Buenos Aires y Mahuides
en La Pampa.
Vistas a lo lejos parecen tener aun más altura, dada la
horizontalidad casi perfecta que las rodea.
Un clima templado inmejorable corona las bondades de esta tierra,
con lluvias que disminuyen desde el este hacia el oeste, pero
que contribuyen a que su suelo pueda realizar ciclos vegetativos
sin necesidad de riego.
Nunca un suelo tuvo tantas bendiciones, un río inmenso
que adelanta el fantástico Mar
Argentino, que encierra en sí mismo una de las riquezas
inexploradas de nuestro país.
Es el corazón mismo
de una historia casi fantástica, llena de anécdotas,
de luchas intestinas; patriotas y realistas, federales y unitarios...
Desde 1810 fue la cuna donde se tejieron todos los pactos y todas
las alianzas fueron llevadas a cabo o destruidas en el intento.
Tierra de brazos abiertos para todos aquellos que con buena voluntad
arribasen al suelo argentino; acogió a millones de extranjeros,
sobre todo europeos en la primera ola, que más tarde fueron
superados por los migrantes de los países vecinos, que
pueblan la capital y sus alrededores.
Tierra de vascos, tierra de franceses, tierra de gallegos que
se acomodaron a las reglas del nuevo pueblo, casi recién
estrenado, que tanto tomó de su propia idiosincrasia.
Las primeras estancias se
armaron a contrapelo de los aborígenes del lugar que por
distintas campañas fueron corridos y reducidos a su mínima
expresión. Los alambrados establecieron límites
bien definidos para las tierras de unos y las de otros, muchos
de los cuales se vieron favorecidos por extensiones que nunca
imaginaron abarcar.
Las mas bellas y extensas
playas se congregan en la costa atlántica,
que se puso de moda a principios del siglo XX, primero para el
turismo exclusivo de la clase alta porteña, para décadas
después dar origen a un turismo más masivo que emblemáticamente
pasa sus vacaciones de verano en esta costa.
Puertos pesqueros y puertos que abren sus puertas a los
“granos para el mundo”.
Ciudades modernas, con edificios monumentales, donde se resume
la historia cultural de sus artistas en obras que destacan la
impronta argentina .
Nunca una región resumió tan bien la frase “Argentina:
granero del mundo”; hoy superada por el anhelo de
llegar a ser algo más que una exportadora de materias primas;
para abrir al mundo sus nacientes industrias que logran con muy
buena calidad imponerse de a poco en los mercados mundiales.
Turísticamente posee todos los paisajes y toda la infraestructura
para aquellos que la recorren por primera vez o para los otros,
a los que les quedaron rincones escondidos o nuevos por recorrer:
los pagos del indio, los pagos del gaucho, los pagos de todos
aquellos que sorprendidos por su inmensidad no pueden alejarse
de ella.